terça-feira, 29 de dezembro de 2009

Sabato: el hombre


“– Un atardecer de 1947, mientras iba caminando de una aldea de Italia a otra, vi a un hombrecito inclinado sobre su tierra, trabajando afanosamente, casi sin luz. Su tierra labrada renacía a la vida. Al borde del camino se veía todavía un tanque retorcido y arrumbado. Pensé qué admirable es a pesar de todo el hombre, esa cosa tan pequeña y transitoria, tan reiteradamente aplastada por terremotos y guerras, tan cruelmente puesta a prueba por incendios y naufragios y pestes y muertes de hijos y padres. ¿A qué pensar sobre la inutilidad de nuestra vida, por qué empeñarnos en racionalizar también eso, lo más peligrosamente dramático de nuestra existencia? ¿Por qué no limitarnos humildemente a seguir nuestro instinto, que nos induce a vivir y trabajar, a tener hijos y criarlos, a ayudar a nuestro semejante? Precaria y modesta, esta convicción implica una posición ante el mundo.

Además, ¿qué sabemos de lo que hay más allá del absurdo? ¿Por qué una lucha ha de parecer razonable? Ignoramos, al menos yo lo ignoro, si los males y perversidades de la realidad tienen algún sentido oculto que escapa a nuestra torpe visión humana. Pero nuestro instinto de vida nos incita a luchar a pesar de todo, y eso es bastante, por lo menos para mí. No estamos completamente aislados. Los fugaces instantes de comunidad ante la belleza que experimentamos alguna vez al lado de otros hombres, los momentos de solidaridad ante el dolor, son como frágiles y transitorios puentes que comunican a los hombres por sobre el abismo sin fondo de la soledad. Esos puentes, sin embargo, existen aunque se pusiese en duda todo lo demás, eso debería bastarnos para saber que hay algo fuera de nuestra cárcel y que ese algo es valioso y da sentido a nuestra vida, y tal vez hasta un sentido absoluto. ¿Por qué ha de alcanzarse lo absoluto, como pretenden los filósofos, mediante el conocimiento racional de todas las experiencias y no por algún éxtasis repentino e instantáneo que ilumine de pronto los vastos dominios de lo absoluto? Dostoiévski dice por boca de Kiriloff: “Creo en la vida eterna en este mundo. Hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad”. ¿ Por qué buscar lo absoluto fuera del tiempo y no en esos instantes fugaces pero poderosos en que, al escuchar algunas notas musicales o al oír la voz de un semejante, sentimos que la vida tiene un sentido absoluto?”


(Ernesto Sábato, in Entre la letra y la sangre – Conversaciones con Carlos Catania, Seix Barral, Biblioteca Ernesto Sabato, B.A, 2003)


CODA: Ernesto Sabato nasceu na província de Buenos Aires, em 1911; fez seu Doutorado em Física e cursos de Filosofia na Universidade de la Plata; trabalhou com radiações atômicas no Laboratório Curie e abandonou definitivamente a ciência em 1945 para dedicar-se exclusivamente à literatura. Escreveu vários ensaios sobre o homem na crise de nosso tempo e sobre o sentido da atividade literária. El escritor y sus fantasmas; Apologías y rechazos, Uno y el Universo y La resistencia; escreveu também sua autobiografia, Antes del fin - (1999) – e os três romances, que fizeram dele o escritor premiado que se tornou: El túnel de 1948, Sobre héroes y tumbas de 1961 e Abaddón el exterminador de 1974. Obteve o Prêmio Cervantes, o Prêmio Menéndez Pelayo e o Prêmio Jerusalén.




“(...) e naquele instante, quando a angústia daquele canto ou gemido havia chegado a seu ponto mais angustioso, voltava a sentir esta estranha sensação e tentei agarrar-me desesperadamente aos bordos da verdadeira circunstância em que despertava. Só que agora a realidade era ainda pior, como se estivesse despertando de um pesadelo às avessas. E meus gritos, devolvidos em apagados ecos na gigantesca abóbada da gruta, me chamaram à verdade. Em meio ao silêncio oco e tenebroso (meu isqueiro havia desaparecido na água, quando caí) se repetiam até extinguir-se na lonjura e na escuridão as palavras de meu despertar.

Quando o último eco de meus gritos morreu no silêncio, me quedei aniquilado por longo tempo: recém então parecia ter plena consciência de minha solidão e das poderosas trevas que me rodeavam. Até esse momento, ou, melhor dito, até o momento que precedeu o sonho da infância, eu havia estado vivendo na vertigem de minha investigação e sentia como se tivesse sido arrastado em meio a uma louca inconsciência; e os temores e até o espanto sentidos até este instante não haviam sido capazes de dominar-me; todo meu ser parecia lançado em uma demencial carreira rumo ao abismo, que nada poderia deter.

Como se aquilo pertencesse a uma ilusão, recordava agora o tumulto lá de cima, do outro mundo, a Buenos Aires caótica de frenéticos bonecos de corda: tudo me parecia uma infantil fantasmagoria, sem peso nem realidade. A realidade era esta outra. E só, naquele vértice do universo, como já expliquei, me sentia grandioso insignificante. Ignoro o tempo que transcorreu durante aquela espécie de estupor. (...)


( E. Sabato, in Sobre heróis e tumbas, Francisco Alves, R. J., 1980)

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