domingo, 10 de janeiro de 2010

Paz e Pessoa.

CONTINUANDO: Octavio Paz, segundo capítulo:


(....)


(Come chocolates, muchacha,

¡Come chocolates!

Mira que no hay metafísica en el mundo como los chocolates,

Mira que todas las religiones enseñan menos que la confitería.

¡Come, sucia muchacha, come! ¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!

Pero yo pienso y al arrancar el papel de plata, que es de estaño,

Echo por tierra todo, mi vida misma.)


Queda al menos la amargura de lo que nunca seré,

La caligrafía rápida de estos versos,

Pórtico que mira hacia lo Imposible.

Al menos me otorgo a mí mismo un desprecio sin lágrimas,

Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo,

Sin prenda, la ropa sucia que soy al tumulto de mundo

Y me quedo en casa sin camisa.

(Tu que consuelas y no existes, y por eso consuelas,

Diosa griega, estatua engendrada viva,

Patricia romana, imposible y nefasta,

Princesa de los trovadores, escotada marquesa del dieciocho,

Cocotte célebre del tiempo de nuestros abuelos,

O tú, estrella de ahora, ésta o aquélla,

Sea lo que sea y la que seas, ¡si puedes inspirar, inspírame!

Mi corazón es un balde vacío.

Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco,

Me invoco a mí mismo y nada aparece.

Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.

Veo las tiendas, la acera, veo los coches que pasan,

Veo los entes vivos vestidos que pasan, veo los perros que también existen,

Y todo esto me parece una condena a la degradación

Y todo esto, como todo, me es ajeno.)

Viví, estudié, amé y hasta tuve fe.

Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo.

En cada uno veo el andrajo, la llaga y la mentira.

Y pienso: tal vez nunca viviste, ni estudiaste, ni amaste, ni creíste

(Porque es posible dar realidad a todo esto sin hacer nada de todo esto),

Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que le cortan el rabo

Y el rabo salta, separado del cuerpo.


Hice conmigo lo que no sabía hacer

Y no hice lo que podía.

El disfraz que me puse no era el mío.

Creyeron que yo era él que no era, no los desmentí y me perdí.

Cuando quise arrancarme la máscara,

La tenía pegada a la cara.

Cuando la arranqué y me vi en el espejo,

Estaba desfigurado.

Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.

Lo acosté y me quedé afuera,

Dormí en el guardarropa

Como un perro tolerado por la gerencia

Por ser inofensivo.

Voy a escribir este cuento para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,

Quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice

Y no encontrarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente:

Pisan los pies la conciencia de estar existiendo

Como un tapete en el que tropieza un borracho

O la esterilla que se roban los gitanos y que no vale nada.

El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta.

Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido,

Con la incomodidad de un alma torcida, lo veo.

El morirá y yo moriré.

Él dejará su rótulo y yo dejaré mis versos.

En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos.

Después morirá el planeta girante en donde pasó todo esto.

En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente

Continuará haciendo cosas parecidas a versos,

Parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda,

Siempre una cosa frente a otra cosa,

Siempre una cosa tan inútil como la otra,

Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,

Siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie,

Siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra.

Un hombre entra en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),

Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.

Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano,

Y seme ocurren estos versos en que diré lo contrario.

Enciendo u cigarro al pensar en escribirlos

Y saboreo en el cigarro la libertad de todos los pensamientos.

Fumo y sigo al humo como mi estela,

Y gozo, en un momento sensible y alerta,

La liberación de todas las especulaciones

La conciencia de que la metafísica es el resultado de una indisposición.

Y después de esto me reclino en mi silla

E continúo fumando.

Seguiré fumando hasta que el destino lo quiera.

(Si me casase con la hija de mi lavandera

Quizá sería feliz.)

Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana.

El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio en la bolsa del pantalón?),

Ah, lo conozco, es Esteva, que ignora la metafísica.

(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta.)

Movido por un instinto adivinatorio, Esteva se vuelve y me reconoce;

Me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Esteva!

Y el universo

Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza

y el Dueño da la Tabaquería sonríe.


CODA: Octavio Paz – Versiones y Diversiones, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1978.



Octavio Paz: Segundo capítulo = Caiero e Álvaro de Campos

“El otro extremo es Álvaro de Campos. Caeiro vive en el presente intemporal de los niños y los animales; el futurista Campos en el instante. Para el primero, su aldea es el centro del mundo; el otro, cosmopolita, no tiene centro, desterrado en ese ningún lado que es todas partes. Sin embargo, se parecen: los dos cultivan el verso libre; los dos atropellan el portugués; los dos no eluden los prosaísmos. No creen sino en lo que tocan, son pesimistas, aman la realidad concreta, no aman a sus semejantes, desprecian a las ideas y viven fuera de la historia, uno en la plenitud del ser, otro en su más extrema privación. Caeiro, el poeta inocente, es lo que no podía ser Pessoa; Campos, el dandy vagabundo, es lo que hubiera podido ser y no fue. So las imposibles posibilidades vitales de Pessoa. “

CODA: in Octavio Paz, Cuadrivio, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1965

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