sábado, 7 de junho de 2014

A ESCRITA: segundos estudos 8

Odisseia: Oficina de Escrita 



“-Usted ha dicho también en alguna parte que escribir le resulta una condena. Qué siente cuando de dispone a comenzar una novela?
-La sensación de que mi proyecto está condenado al fracaso, de que mi tentativa es ilusoria y demencial.
- Para algunos escritores escribir es un juego divertido.
- No para mí. Me ha resultado terriblemente difícil terminar mis obras, un sufrimiento casi continuo, no sólo en el sentido espiritual sino físico. Además de la inseguridad, el desaliento, la irritación por los pobres resultados que van saliendo, la indecisión, el convencimiento de que no es lo que un quería, etcétera. Escribir me producía dolores de estómago y digestiones muy malas; se me helaban los pies y las manos; sufría de insomnio y estaba mal del hígado.
- A propósito, usted me ha dicho que el escritor es un mártir.
– Vea, existe una abrumadora mayoría de escritores que escriben por motivos subalternos: buscan fama y dinero; lo hacen por distracción o porque meramente tienen facilidad; porque no resisten la vanidad de ver su nombre impreso; por evasión o por juego.
- Y los otros?
- Están aquellos que sienten la necesidad oscura pero obsesiva de testimoniar su drama, su desdicha, su soledad. Son testigos, es decir mártires de una época. Son hombres que no escriben con facilidad sino con desgarramiento. Son individuos a contramano, terroristas o fuera de la ley. Esos hombres sueñan un poco el sueño colectivo. Pero a diferencia de las pesadillas nocturnas, sus obras vuelven  de esas tenebrosas regiones en que se sumieron y (siniestramente) se alimentaron, son la expresión o presión hacia el mundo de esas visiones infernales; momento por el cual se convierten en una tentativa de liberación del propio creador y de todos aquellos que, como hipnotizados, siguen sus impulsos y sus órdenes secretas. Por eso la obra de arte tiene no sólo un valor testimonial sino un poder catártico, y precisamente por expresar las ansiedades más entrañables del artista y de los hombres que lo rodean.”

In Entre la letra y la sangre, Ernesto Sabato, Seis Barral, Buenos Aires, 2003.

 

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